Viajes

Experiencia en el Parque Nacional Kruger en Sudáfrica (III)

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Amanece en Kruger Park

El día anterior había sido muy intenso, con nuestra llegada al parque poco después de que el Sol saliera tras las montañas que custodian el paso a Mozambique; la mañana de nuestros primeros avistamientos de los distintos animales; y el safari al atardecer, en el que tuvimos menos suerte.

Nuestro amigo y guía Crazy Dave había quedado en pasar a recogernos sobre las 5.30 de la mañana. La puerta del recinto de nuestro campamento la abrirían poco después y queríamos estar los primeros de la fila de vehículos que recorrerían un Kruger desperezándose bajo los primeros rayos del Sol africano.

No conseguimos la pole position pero al menos salíamos los quintos, con muchas opciones de puntuar. Y puntuamos.

El día anterior habíamos visto elefantes, cebras, hipopótamos, impalas (gacelas), búfalos, monos, waterbucks y muchísimas clases distintas de pájaros. No obstante, los grandes felinos nos esquivaron y, a pesar del sueño y las horas que eran, abríamos los ojos lo máximo posible para intentar irnos del Kruger habiendo contemplado esos animales a los que tanto admiro.

Crazy Dave rebosaba energía. Este hombre parecía haberse caído en el caldero del Red Bull cuando era un bebé y daba igual la hora, el clima, el lugar… Invariablemente nos regalaba un recital de humor ácido e irónico acompañado de una hiperactividad total.

El macho madrugador

Conducía lentamente por las arterias de asfalto del Kruger mientras yo vigilaba el flanco izquierdo y Amy -americana- y Priscilla -brasileña- se encargaba del diestro.

Amy nos despertó a todos con un “there! there! there!” que nos hizo saltar como resortes. Nuestro gozo en un pozo. Eso sí, un pozo con algo de agua.

Aquel paquidermo era un macho enorme que lucía unos colmillos imponentes. Estaba a punto de cruzar la carretera y pudimos contemplarlo muy de cerca. Esa piel rugosa y dura, las patas poderosas que sostienen un cuerpo que parece más propio de los dinosaurios que caminaban por la faz de la Tierra hace millones de años. Y los colmillos. Esos por los que el hombre blanco, siempre ciego de codicia, los ha cazado durante tantos años. El hombre no admite que otro ser del reino animal luzca algo tan digno, poderoso y bello como esos cetros de marfil. Cetros de reyes.

Pasó cerca de nuestra furgoneta sin siquiera ladear la cabeza para mirarnos. “Seres insignificantes de los que aparecen cada día cuando salgo a desayunar y darme mi primer baño”, pensaría aquel macho.

Las aves del Kruger también son dignas de admirar

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