Viajes

Trekking en las montañas Simien (Parte 6)

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De esta guisa íbamos en el camión

Los nudillos de Fanta golpeando la puerta de nuestra habitación hizo que por fin terminara la noche en el peor cuchitril en el que dormiría en Etiopía. Eran las 5 de la mañana. Cogimos las mochilas, que apenas habíamos abierto para que nada raro entrara en ellas, y salimos a la calle principal del pueblo.

A pesar de lo temprano que era, el lugar ya bullía con una intensa actividad. Las tiendas comenzaban a abrir y las gentes, abrigadas con capuchas y bufandas, iban de un lado a otro a comenzar lo que sea que hicieran cada día.

En medio de la calle embarrada estaba parado un camión. Era nuestro billete de regreso a Debark, de donde habíamos partido para realizar este gran trekking cuatro días atrás. Aunque pagábamos unas cinco veces más que el resto del mundo, viajaríamos de pie en la caja de carga del camión junto con unas veinte personas más. Era el único transporte diario que salía del pueblo. Otra aventura africana a la vista.

Tras algunas discusiones entre el dueño del camión y los pasajeros, por fin nos pusimos en marcha sobre las 6.30 de la mañana. Nos tapamos con todo lo que pudimos porque estábamos en la primera fila, justo detrás de la cabina, y recibíamos todo el frío aire de cara.

Comienza a llenarse el camión

Durante algo más de una hora serpenteamos por pistas de alta montaña. El ascenso era casi continuo y cada vez sentíamos más frío. Dentro de la cabina no se movía nadie. Hacinados como íbamos, todo el mundo se concentraba en mantener la posición que había ganado tras la ardua lucha en el pueblo. Viajábamos con una buena mezcla de gente: algunas ancianas con sus nietos, hombres de mediana edad y mujeres que iban a hacer negocios al mercado de Debark, y nosotros, los únicos turistas que cogían ese camión que transportaba pasajeros de manera ilegal.

Tras hora y media de viaje nos dijeron a nosotros tres que nos agacháramos y nos cubrieron con una lona. Estábamos llegando a la entrada principal del Parque Nacional de las Montañas Simien. Aunque el camión no estaba autorizado para llevar gente como lo hacía, al fin y al cabo era algo habitual en Etiopía. El problema no era ése. Lo que sí podía suponer una multa era el llevar a un par de blancos para que se colaran en el parque. No era nuestra intención, ya que sólo lo íbamos a atravesar, sin pararnos ni hacer noche en ninguno de los campamentos. Pero escondiéndonos, todos nos ahorrábamos el tener que dar explicaciones a las autoridades de las Simien.

De esa guisa entramos en el parque. Cuando estuvimos a una distancia prudencial de la puerta de entrada, nos quitaron la lona y pudimos levantarnos y contemplar el paisaje. Era precioso.

Puerta de entrada al parque de las Simien

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